Cuenta la leyenda, que corría los años 1684 y 1685, estaba infestado de piratas la Costa del Pacifico mexicano. Sir William Dampir y su segundo, Sir Towly, fracasaron en Acapulco de adueñarse de un barco peruano de mercancías valiosas. Se dirigieron a Manila, se adelantó Sir Towly con un navío de medio porte y un remolque.

En el camino el pirata vio un buque chino se dirigió hacía él, lo abordó, robó y secuestro a la princesa china Mirrha que viajaba hacia América del Sur. El pirata fue a Manila donde puso en venta  a la princesa Mirrha, fue comprada por un comerciante, este la llevó a Acapulco y se la vendió a una persona   honrada al capitán Miguel Sosa hombre de negocios y nativo de Puebla de los Ángeles.

El capitán dio libertad a la princesa Mirrha le regaló costosas telas y alhajas; se hizo cristiana, bautizó con el nombre  de Catarina de San Juan en honor de una monja de Santa Clara de Atlixco, hija de Manuel Enríquez y Ana Muñoz vecinos de Puebla.

El capitán Sosa pidió permiso al Diocesano, para que la princesa fuera encomendada a la madre doña María de Jesús Tomellín para que la educara.

La madre la recibió con agrado le puso su mismo confesor don Francisco Valdés, párroco de la Iglesia Santo Ángel Custodio. Catarina siempre demostró su gran corazón y buenos sentimientos. Vendió las perlas que le regaló el capitán Sosa y le hizo vestidos a las niñas pobres, donó el resto de sus alhajas a la Virgen de los Dolores, cuando la antigua princesa murió, la lloraron todas las mujeres de Puebla y era conocida como La china, su entierro fue majestuoso, llevaron el cadáver en hombros, el clero y las hermandades le acompañaron. En la sacristía de la iglesia de la Compañía fue sepultada. Un escritor de la época dijo: “Jamás se le vieron zapatos picados de seda, ni medias labradas a la muñeca, ni basquiñas recamadas, ni zarzales de oro ni de plata”. El traje de China poblana procede de esta historia, la vestimenta es para los salones, para el teatro y para el tendido.

 

 

 

 

 

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